lunes, 24 de mayo de 2010

El invitado

Así fue como lo denominó, una menuda señora de la limpieza, que merodeaba por allí.
Este señor estaba arrepanchigado en uno de los dos sillones que formaban parte del exiguo mobiliario del pequeño mostrador en que se atiende a los usuarios de la piscina municipal. Y fue el motivo de que esta señora lo denominase así, el que yo le interpelase al susodicho, que si me podía atender en relación a una petición de información. La señora de la limpieza que -todo sea dicho-, al parecer tenía sus tareas muy distribuidas, pues me la encontré en todas las dependencias, me dio a entender que ese señor (el invitado), no formaba parte de aquel ¿departamento? y que por lo tanto no podía atenderme.
Espero entonces al otro señor que ocupaba el interior del pequeño mostrador, que estaba atendiendo a un señor con su hija, y cuando termina me atiende a mí...
¿Que pasa con esto?. Pues que el “invitado” -y en menor medida la señora de la limpieza-, seguía allí. Apoltronado y escuchando, no se si con suma atención y deleite, todas las preguntas que hago respecto a servicios, precios, problemas personales para ejercer determinados ejercicios, además de otras que opté por callarme.
Esto también me a pasado en un caso en que acompañaba a una mujer a un juzgado en un caso de separación, y aparte de los funcionarios, que ineludiblemente tienen que estar allí, había también una “invitada” -sentada sobre una mesa-; que sería novia o vaya usted a saber qué, de alguno de los jóvenes que formaban el plantel del funcionariado -o becarios-. Esta “invitada”, al igual que “el invitado” que nos ocupa, no debía estar allí, ni escuchar las intimidades de las personas que acuden a esas dependencias a resolver asuntos, muy personales y delicados.
Esto pasa en multitud de sitios a los que vayamos a resolver cuestiones, que no queremos airear vox populi, pero que, sin embargo, no podemos evitar hacerlo, por la profusión de “invitados” que se “acodan”, apoltronan e invaden espacios en los que no deberían estar.
Un mínimo sentido del decoro y las buenas maneras (tener educación en suma) bastaría para que se abstuvieran de estar en esos sitios -que no les corresponden-, donde las personas van a resolver sus asuntos particulares. De su comportamiento, se deduce que carecen de esas cualidades.
Pero es el caso, que siendo “el invitado” el principal ejecutor de la falta, no es él, el único implicado en la comisión de ella. También lo es el “anfitrión”, que permite -a veces no se lo puede quitar de encima-, que el “invitado” ejerza tan poco ética “afición”. Otro paso mas para intentar solucionar esto pasa porque los jefes de departamentos o superiores jerárquicos, establezcan -y hagan cumplir- normas que impidan este “espionaje” al que son sometidas las intimidades de la ciudadanía. Esto último es lo único que realmente solucionaría el problema, ya que apelar a la buena educación, al saber estar o a la ética, cuando estas no existen; sería como pedirle peras al olmo.
Mientras tanto aún cabe otra actuación para atajar el mal, y es que, Quijotescamente, arremeta uno mismo contra estos “invasores” de intimidades, y les conmine a que se aparten lo suficiente como para que no puedan ejercer tan insana afición. No ignoro que hacer esto nos asegurará una buena proporción de trifulcas con estos “invitados” y esto, es lo que nos disuade de hacerlo y a ellos alienta a seguir con su indecoroso comportamiento.

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